MI INFANCIA VIAJERA
Nací en lontananza, allí en un sitio cerca de la Capital, pero bien comunicado aunque no lejos de algún pueblo; sí lejos para visitarlo, sin embargo hay que ir expresamente al pueblo, bien en autobús, bien en tren, aunque éste desapareció allá por mi juventud y comunicaba la capital con un pueblo de la provincia contigua y pasaba por muchos pueblos y aldeas; a los que daba una poca de vida.
Mientras que en los pueblos había estación de tren, en las aldeas lo que solía existir era un apeadero con unos escalones de cemento en la tierra para acceder al tren. Éste estaba formado por una locomotora que funcionaba con carbón y unos vagones enganchados que vertebraban el mismo. Circulaban por unos raíles acomodados en unas traviesas cogidos a su vez con unos tornillos grandes. Al caer la noche encendían unas lámparas en el morro del tren más para advertir de su presencia que para iluminar los raíles. Algunos años más tarde, los domingos concretamente, circuló un tren cuya locomotora era de gasoil y corría más aún.
Los vagones de madera de la locomotora de carbón solían tener los asientos también de madera con claros entre la madera. Ésta a veces se te clavaba en el trasero y en la espalda al vaivén que producía el tren con las juntas de los raíles.
Algunas veces iba a la estación dando un paseo para ver llegar el tren y verlo luego perderse en la lejanía, siguiendo su marcha hasta perderse por el horizonte. Estos paseos al atardecer cuando el sol está en declive y próximo a su ocaso se han venido repitiendo con frecuencia durante toda mi vida si no tenía nada que hacer. Cuando iba a ver el tren solía ver el montón de carbón para reponer en caso de necesidad, así como el de agua que estaba en un recipiente de metal sostenido por cuatro postes y una alargadera que conectaban a la locomotora. Éste agua la utilizaban para producir vapor de agua en una caldera y este calor producido por el agua movía las ruedas del tren por las bielas que convertían el movimiento continuo y fijo de las primeras ruedas en circular de las últimas, éstas un poco más grandes.
En la escuela cuando salíamos al recreo jugábamos al tren y el niño que iba en cabeza hacía de locomotora y los demás niños le seguían, pero el tren no tenía dirección definida sino la que le diera el niño de cabeza. Incluso imitábamos el sonido del tren, hasta el del silbato. Una variante de este juego era el látigo: un niño en cabeza y cogido de las manos todos los niños; el primer niño corría en dirección zigzagueante y los demás niños hacían por seguirle pero la velocidad de los últimos multiplicaba varias veces la del primero.
Al final de mi niñez, cuando en el tren iba una muchacha o mujer joven,el traqueteo del tren me producía turbación. Más tarde viajé solo en un vagón y éste de no usarlo tenía hasta polvo. Aunque la distancia a recorrer era corta de una aldea a mi pueblo me sentía sólo y sin nada en que pensar. Me acordaba entonces de la multitud que había años atrás cuando se utilizaba el tren para ir a comprar o vender productos, ir a ver al médico o simplemente a visitar a algún familiar que viviera lejos.
Cuando un coche que hacía de taxi empezó a funcionar desde la plaza del pueblo, éste empezó a restar clientela al tren; y también estaba el autobús,que nosotros llamábamos catalana y corríamos tras ella hasta la plaza, donde se bajaban los viajeros. Cuando veníamos de la ciudad algunas veces solíamos entretener el tiempo cantando canciones,entre ellas una que me hacía mucha gracia y que decía:
“
Ahora que vamos despacio,
vamos a contar mentiras
tra,la,ra,
vamos a contar mentiras:
Por el mar corre la liebre,
por el monte la sardina,
tra,la,ra
por el monte la sardina,
tra,la,ra.
Por el monte la sardina.
Me subí a un manzano,
salió el amo del peral,
tra,la,ra,
salió el amo del peral.”
En esta foto que acompaño aparece mi padre, panadero de profesión en una de aquellas aldeas “de lontananza”.
Carlos Jiménez.