Esta es la historia de mi primer coche. Cuando me saqué el carnet (de aquéllos que no tenían puntos) en 1991, no tardé mucho tiempo en conseguir mi primer coche. Era un fantástico SEAT 127, de aquellos de las películas de la época del “ destape ”, de los 70 vaya. Era de segunda mano, o de sexta mano, de color blanco, con unas burbujas de óxido impresionantes y más bollos que el horno de San Martín (Sevilla). Con ayuda de un amigo experto en la materia y unas cervecillas bien frías, decidimos reparar el vehículo. Después de siete fines de semana incansables había acabado nuestra gran obra, y para colofón le instalamos un radio-cassette para escuchar los 40 Principales. Decidimos ir a Sevilla para estrenarlo. Llegamos allí, aparcamos, y nos fuimos a las “discos” de moda. A la hora de marcharnos nos dirigimos hacia nuestro gran turismo, pero al acercarnos a él, vimos algo extraño. Una especie de nube blanca se había instalado en su interior. Abrimos rápidamente las puertas del coche, y cuando el humo se disipó, reveló su fatal secreto. La radio había ardido, con tan mala suerte, que el fuego se propagó por el salpicadero quemando toda la instalación eléctrica. Nos quedamos atónitos contemplando tal desastre. Después de unos minutos de indecisión, llamamos a la grúa para retirar el coche. Aquella noche volvimos con el de la grúa a casa.
El coche fue llevado a la chatarrería de Valdezorras, donde nuestra “gran obra” con su radio incendiaria, quedó apilada en la “ unidad de quemados” de dicho desgüace, al final del todo.
FIN
Moraleja: “No por mucho reparar, llegarás a estrenar algo nuevo”.
El coche fue llevado a la chatarrería de Valdezorras, donde nuestra “gran obra” con su radio incendiaria, quedó apilada en la “ unidad de quemados” de dicho desgüace, al final del todo.
FIN
Moraleja: “No por mucho reparar, llegarás a estrenar algo nuevo”.



