El Indio era un hombre sin familia, despechado de todos, con una historia oculta como tantos otros de la posguerra. Se pasaba el día entero sumergido en el vino, pero aun así era un verdadero maestro de la fragua, hacía todos los herrajes de los carros a mano, las cadenas, las eses, las cabezas de los mozos, en fin, todo lo que fuera hierro en sus manos pasaba a ser una obra de arte, dada su gran habilidad para con este metal.
Este hombre, de carácter agrio quizás también agudizado por el alcohol, no dejaba de ser una persona peculiar, porque nadie sabía de su pasado, un pasado seguramente triste y de mucho sufrimiento. No se le conocía familia, no tenía amigos, solo su vino y unas gachas que le llevaba Tito el carretero todas las noches al taller. Digo al taller porque el taller era su casa. Allí mismo dormía sobre un montón de virutas metidas en un saco. El carácter agrio de este hombre, era motivo de burla de todos los niños del pueblo, ya que venían hasta del barrio de la estación, por las noches, para tirarle piedras y decirle cosas, a través de las rejas del taller, ya que este hombre una vez cerrado el taller no podía salir, solo disparatar y gritar con amenazas, lo que hacía a los chavales usarlo como divertimento. ¡Pobre hombre!, nadie sabía su pena, nadie sabía su desgracia ni nadie se apiadaba de él ni le daba consuelo, ni una mano amiga que le ayudara. Eso lo pienso hoy: cuántas y cuántas personas dejó así aquella maldita guerra, y que aún hoy se estén empeñando en abrir de nuevo las heridas, ¿a quién le satisface volver a recordar aquella barbarie?
Como la historia de El Indio hubo miles y miles, recuerdo que llegaban personas en tren y que el revisor los echaba en el pueblo, allí estaban vagabundeando varios días hasta que la guardia civil los volvía a meter en otro tren y el revisor los volvía a bajar en otro pueblo. Así fueron miles las criaturas las que pasaron por nuestros pueblos de España, lástima de vidas rotas, que se salvaron de una guerra y murieron en otra más dura si cabe, porque por nadie eran ni queridos ni respetados. A los niños nos decían:" no acercarse, son rojos". Otros se apiadaban de ellos y contribuían con un trozo de pan con aceite a sus desgracias, pero nunca nadie los escuchó, nunca nadie los miró como a igual, "eran rojos", gracias al paso del tiempo esto ya acabó para siempre, no se rasque mas en aquella maldita herida.













